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Reforma Migratoria:

Amnistía, ¡Huy Qué Miedo!

Por CARLOS RUVALCABA

Los inmigrantes indocumentados viven una vez más el sueño americano del desencanto. A los senadores republicanos les funcionó su estrategia bloqueadora y desde su minoría consiguieron aplazar hasta quién sabe cuándo la reforma que parecía avanzar lentamente. De pronto todo se derrumbó. El líder del Senado, el demócrata Harry Reid, había amenazado con suspender el debate si no se ponía un límite de tiempo a las deliberaciones. Creyó que de esa manera presionaría a los senadores para que aceleraran el proceso pero se equivocó. Lo único que consiguió fue facilitar a los republicanos el camino para echar por tierra lo poco que se había aprobado.

La propuesta bipartidista que contaba con el apoyo del presidente Bush, la misma que se ha estado discutiendo durante dos semanas, no ha tenido el consenso que parecía darle el acuerdo inicial entre esas tres partes. Los inmigrantes tampoco estaban muy de acuerdo. Parecía como si hubiese estado planeada para que muy pocos se legalizaran, especialmente porque hubiera obligado al jefe o la jefa de la familia a que saliera para solicitar la legalización desde su país y a pagar una multa de 5 mil dólares por haber entrado ilegalmente a Estados Unidos. ¿Quién iba a dar de comer a los hijos durante su ausencia? ¿De dónde iba a sacar el dinero para viajar, para pagar las multas y los trámites migratorios? Basta ponerse en el lugar de los inmigrantes indocumentados que ganan salarios mínimos y que tienen cuatro hijos menores de edad nacidos en Estados Unidos y una esposa que se dedica a los quehaceres domésticos, para saber que ese proyecto de reforma nunca tuvo la buena voluntad de legalizar a todos los indocumentados. Pero ¿qué hay realmente detrás de esa multa de 5 mil dólares?

Sin duda era una condición de Bush para apoyarla. En la propuesta de la Casa Blanca la multa era de 10 mil dólares. El presidente debía mostrarse duro ante sus cada vez menos leales colegas republicanos y cobrar muy caro a los inmigrantes su "delito" de entrar ilegalmente al país, infringiendo las sagradas leyes de inmigración.

¿Por qué o para qué? Para ponerle precio a la terrorífica palabra que los opositores de la reforma se han encargado de utilizar como una película de horror, desprestigiándola, deformándola al estilo magistral de Hollywood y usándola como una poderosa arma contra la reforma migratoria: amnistía, ¡huy qué miedo!

Bush tenía que defenderse de los que argumentan que su reforma es un premio para quienes han violado las leyes de inmigración. Bush creyó inocentemente que con ponerle una multa a los "violadores", la pólvora de quienes utilizan la palabra amnistía como arma letal quedaría húmeda y ya no podrían hacerle daño.

Las negociaciones entre la Casa Blanca y el grupo bipartidista que preparó la propuesta, alcanzaron un acuerdo, para que esa multa se redujera a 5 mil dólares, aún cuando sabían que seguía siendo muy alta para las familias indocumentadas de dos hijos o más. Pero no convencieron a los republicanos las explicaciones de Bush de que no se trataba de una amnistía, aún cuando los 5 mil dólares multiplicados teóricamente por 12 millones de indocumentados, diera como resultado la fabulosa y nada desdeñable cifra de 60 mil millones de dólares. Pero no, ni aún así Bush logró convencerlos.

Y me pregunto, ¿por qué tanta fobia a una amnistía? Los conservadores consideran que una amnistía es como dar un premio a quienes han cometido un delito, como si los inmigrantes indocumentados fueran ladrones de bancos, asesinos o violadores de niños. Por supuesto que entre ellos hay algunos criminales, pero no hay duda que para esa clase de inmigrantes no habría ningún tipo de amnistía. Lo que verdaderamente está en juego son los 12 millones de hombres y mujeres que cultivan los campos por sueldos miserables y sin beneficios, los que cosechan las legumbres que los estadounidenses comen mientras se ríen cómodamente viendo comedias de televisión. Los senadores tal vez no están conscientes de que están negociando una reforma para mejorar la vida de seres humanos que sienten, que lloran, que están desamparados, de las mujeres que cuidan a sus niños mientras los padres estadounidenses trabajan. Parece que no se enteran que están decidiendo el futuro de personas de carne y hueso que sirven amablemente en los restaurantes, que construyen las casas de los que realizan el sueño americano y los edificios de los empresarios, de ayudantes de enfermeras que cuidan de los ancianos enfermos que sus nietos no quieren cuidar.

Si esas personas están catalogadas como delincuentes porque violaron las leyes de inmigración, por qué entonces el Servicio de Recaudación de Impuestos se mancha las manos cobrándoles impuestos de trabajos ilegales? ¿Por qué los opositores de la reforma no recriminaron a Ronald Reagan que haya firmado la amnistía de 1986?

Estados Unidos tiene el antecedente de haber otorgado un perdón migratorio y por eso nadie debería escandalizarse con la palabra amnistía, que en sí misma implica condiciones propias del pueblo estadounidense como la compansión, el perdón que en su vida diaria otorgan con un simple "I'm sorry" y que llevan en sus corazones por razones religiosas, humanitarias y sobre todo porque la sociedad de Estados Unidos está conformada por inmigrantes.

Pero es ahí donde hay que ir por partes. Ciertamente esta próspera nación se desarrolló con el trabajo de los inmigrantes, ¿pero qué clase de inmigrantes? ¡Ah!, vamos llegando al meollo del asunto. Claro, era una inmigración blanca y de religión protestante, lo que implica una parte racial y otra religiosa. Los negros no eran inmigrantes, sino esclavos. Noventa años después de que Abraham Lincoln proclamó el fin de la esclavitud, Rosa Parks luchaba todavía contra la segregación de los afroamericanos. Fue en 1956, hace apenas 51 años, que el gobierno prohibió la segregación en el transporte urbano, que obligaba a los negros a sentarse en la parte última de los autobuses para no mezclarse con los blancos.

En California, concretamente en el condado de Orange, la familia Méndez luchaba antes de Rosa Parks en contra de la segregación escolar. Gonzalo y Felícitas Méndez demandaron en 1947 al Distrito Escolar de Westminster, porque sus hijos morenos no fueron aceptados en una escuela exclusiva para blancos. Los mandaron a una especial para mexicanos que estaba al lado de un establo, donde los niños entraban a la escuela por el mismo camino que las vacas. El 14 de abril de 1947, aquella valiente familia cambió el rumbo de este país, consiguiendo que se declarara inconstitucional la segregación escolar, aunque en la práctica siga agazapada hasta ahora en las escuelas de los hispanos y de los afroamericanos.

De eso no hace mucho tiempo, apenas 60 años. Aún quedan muchos estadounidenses blancos, de 55 años o más, que recuerdan y añoran los privilegios que les concedía la segregación racial y son ellos y sus hijos los que se oponen a la reforma migratoria y hacen hasta lo imposible para perpetuarla, especialmente los superintendentes, administradores y padres de familia de las escuelas públicas anglosajonas, que se reservan las mejores instalaciones y los mejores maestros para los estudiantes blancos. Esos defensores de la todavía subsistente segregación escolar que beneficia a los estudiantes blancos, son los que se oponen a una amnistía amplia y justa.

Queda claro pues, que el asunto racial es uno de los principales impedimentos para que haya una reforma amplia, que incluya una amnistía. Pero también queda por explorar el tema religioso. Mientras que la segregación racial estaba hace 50 años vergonzosamente protegida por la ley, para privilegiar a los blancos y discriminar a los negros y a los hispanos y asiáticos, aún cuando había una constitución que prohibía la esclavitud y la discriminación de todo tipo, la religión mayoritaria de Estados Unidos cometía y sigue cometiendo silenciosamente sus propias discriminaciones, sin que sea un tema que interese mucho a sociólogos, jueces, ni periodistas.

La costa este de lo que hoy es Estados Unidos fue colonizada por europeos seguidores de las doctrinas de Martín Lutero, que ya cumplían un siglo de haber chocado escandalosamente con la iglesia católica de entonces, caracterizada por su frivolidad mundana y que estaba asentada en Roma. El protestantismo que nació en 1520 con la excomunión de Lutero, después de que desconoció la infabilidad del papa y de la Iglesia Católica, cobró fuerza durante la colonización del Nuevo Mundo, como sucedió también con el catolicismo. La línea separatista que marcó Lutero dejó rastros de odio que hasta ahora siguen derramando sangre entre los irlandeses divididos por el cristianismo católico y el protestante.

Suena incómodo afirmar que las iglesias mayoritarias protestantes de Estados Unidos discriminan y odian en silencio a las minorías católicas de este país, pero así es, y no resulta arriesgado afirmar que desde el corazón de los templos protestantes se irradia un poderoso recelo que incita a sus devotos a que se opongan e impidan la legalización de ocho o diez millones de católicos, que para colmo son de otro color de piel, ni negro ni blanco.

Pero también es importante que los inmigrantes entiendan que con el cierre del debate migratorio no está todo perdido y que, al igual que el año pasado, las condiciones no son las ideales para que se apruebe una reforma adecuada, no sólo para los indocumentados, sino también para que la asuman los estadounidenses. Llegará el día en que los congresistas y el pueblo de Estados Unidos entiendan, que el problema de la inmigración no es un asunto estrictamente político, sino también y sobre todo social. Por razones de seguridad, a las autoridades les conviene saber quién es quién. Las industrias de la construcción, la agricultura y los servicios como la limpieza, la hoteleria, los restaurantes, y el cuidado de niños y enfermos, necesitan empleados para hacer los trabajos que los estadounidenses desprecian. ¿Qué sería de este país si todos los trabajadores indocumentados hicieran un paro laboral de una semana para presionar por la legalización? Simplemente paralizarían la economía y la actividad de la nación.

La reanudación del debate en el Congreso puede tardar dos semanas o dos años. Mientras tanto, a los inmigrantes no les queda otro remedio que seguir trabajando, pagando impuestos y organizándose pacíficamente, para propiciar una verdadera amnistía cuando las condiciones sean más propicias no sólo para ellos, sino también para los estadounidenses.

(Ruvalcaba es escritor y periodista mexicano, redactor de Telemundo 52 y autor de los libros “Vida Crónica”, “La Mariposa Bailarina” y “Los Novenarios”. Ha ejercido el periodismo en Los Angeles desde la década de los 80).






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