Los inmigrantes indocumentados viven una vez más el sueño americano
del desencanto. A los senadores republicanos les funcionó su estrategia
bloqueadora y desde su minoría consiguieron aplazar hasta quién
sabe cuándo la reforma que parecía avanzar lentamente. De pronto
todo se derrumbó. El líder del Senado, el demócrata Harry
Reid, había amenazado con suspender el debate si no se ponía un
límite de tiempo a las deliberaciones. Creyó que de esa manera
presionaría a los senadores para que aceleraran el proceso pero se equivocó.
Lo único que consiguió fue facilitar a los republicanos el camino
para echar por tierra lo poco que se había aprobado.
La propuesta bipartidista que contaba con el apoyo del presidente Bush, la misma
que se ha estado discutiendo durante dos semanas, no ha tenido el consenso que
parecía darle el acuerdo inicial entre esas tres partes. Los inmigrantes
tampoco estaban muy de acuerdo. Parecía como si hubiese estado planeada
para que muy pocos se legalizaran, especialmente porque hubiera obligado al
jefe o la jefa de la familia a que saliera para solicitar la legalización
desde su país y a pagar una multa de 5 mil dólares por haber entrado
ilegalmente a Estados Unidos. ¿Quién iba a dar de comer a los
hijos durante su ausencia? ¿De dónde iba a sacar el dinero para
viajar, para pagar las multas y los trámites migratorios? Basta ponerse
en el lugar de los inmigrantes indocumentados que ganan salarios mínimos
y que tienen cuatro hijos menores de edad nacidos en Estados Unidos y una esposa
que se dedica a los quehaceres domésticos, para saber que ese proyecto
de reforma nunca tuvo la buena voluntad de legalizar a todos los indocumentados.
Pero ¿qué hay realmente detrás de esa multa de 5 mil dólares?
Sin duda era una condición de Bush para apoyarla. En la propuesta de
la Casa Blanca la multa era de 10 mil dólares. El presidente debía
mostrarse duro ante sus cada vez menos leales colegas republicanos y cobrar
muy caro a los inmigrantes su "delito" de entrar ilegalmente al país,
infringiendo las sagradas leyes de inmigración.
¿Por qué o para qué? Para ponerle precio a la terrorífica
palabra que los opositores de la reforma se han encargado de utilizar como una
película de horror, desprestigiándola, deformándola al
estilo magistral de Hollywood y usándola como una poderosa arma contra
la reforma migratoria: amnistía, ¡huy qué miedo!
Bush tenía que defenderse de los que argumentan que su reforma es un
premio para quienes han violado las leyes de inmigración. Bush creyó
inocentemente que con ponerle una multa a los "violadores", la pólvora
de quienes utilizan la palabra amnistía como arma letal quedaría
húmeda y ya no podrían hacerle daño.
Las negociaciones entre la Casa Blanca y el grupo bipartidista que preparó
la propuesta, alcanzaron un acuerdo, para que esa multa se redujera a 5 mil
dólares, aún cuando sabían que seguía siendo muy
alta para las familias indocumentadas de dos hijos o más. Pero no convencieron
a los republicanos las explicaciones de Bush de que no se trataba de una amnistía,
aún cuando los 5 mil dólares multiplicados teóricamente
por 12 millones de indocumentados, diera como resultado la fabulosa y nada desdeñable
cifra de 60 mil millones de dólares. Pero no, ni aún así
Bush logró convencerlos.
Y me pregunto, ¿por qué tanta fobia a una amnistía? Los
conservadores consideran que una amnistía es como dar un premio a quienes
han cometido un delito, como si los inmigrantes indocumentados fueran ladrones
de bancos, asesinos o violadores de niños. Por supuesto que entre ellos
hay algunos criminales, pero no hay duda que para esa clase de inmigrantes no
habría ningún tipo de amnistía. Lo que verdaderamente está
en juego son los 12 millones de hombres y mujeres que cultivan los campos por
sueldos miserables y sin beneficios, los que cosechan las legumbres que los
estadounidenses comen mientras se ríen cómodamente viendo comedias
de televisión. Los senadores tal vez no están conscientes de que
están negociando una reforma para mejorar la vida de seres humanos que
sienten, que lloran, que están desamparados, de las mujeres que cuidan
a sus niños mientras los padres estadounidenses trabajan. Parece que
no se enteran que están decidiendo el futuro de personas de carne y hueso
que sirven amablemente en los restaurantes, que construyen las casas de los
que realizan el sueño americano y los edificios de los empresarios, de
ayudantes de enfermeras que cuidan de los ancianos enfermos que sus nietos no
quieren cuidar.
Si esas personas están catalogadas como delincuentes porque violaron
las leyes de inmigración, por qué entonces el Servicio de Recaudación
de Impuestos se mancha las manos cobrándoles impuestos de trabajos ilegales?
¿Por qué los opositores de la reforma no recriminaron a Ronald
Reagan que haya firmado la amnistía de 1986?
Estados Unidos tiene el antecedente de haber otorgado un perdón migratorio
y por eso nadie debería escandalizarse con la palabra amnistía,
que en sí misma implica condiciones propias del pueblo estadounidense
como la compansión, el perdón que en su vida diaria otorgan con
un simple "I'm sorry" y que llevan en sus corazones por razones religiosas,
humanitarias y sobre todo porque la sociedad de Estados Unidos está conformada
por inmigrantes.
Pero es ahí donde hay que ir por partes. Ciertamente esta próspera
nación se desarrolló con el trabajo de los inmigrantes, ¿pero
qué clase de inmigrantes? ¡Ah!, vamos llegando al meollo del asunto.
Claro, era una inmigración blanca y de religión protestante, lo
que implica una parte racial y otra religiosa. Los negros no eran inmigrantes,
sino esclavos. Noventa años después de que Abraham Lincoln proclamó
el fin de la esclavitud, Rosa Parks luchaba todavía contra la segregación
de los afroamericanos. Fue en 1956, hace apenas 51 años, que el gobierno
prohibió la segregación en el transporte urbano, que obligaba
a los negros a sentarse en la parte última de los autobuses para no mezclarse
con los blancos.
En California, concretamente en el condado de Orange, la familia Méndez
luchaba antes de Rosa Parks en contra de la segregación escolar. Gonzalo
y Felícitas Méndez demandaron en 1947 al Distrito Escolar de Westminster,
porque sus hijos morenos no fueron aceptados en una escuela exclusiva para blancos.
Los mandaron a una especial para mexicanos que estaba al lado de un establo,
donde los niños entraban a la escuela por el mismo camino que las vacas.
El 14 de abril de 1947, aquella valiente familia cambió el rumbo de este
país, consiguiendo que se declarara inconstitucional la segregación
escolar, aunque en la práctica siga agazapada hasta ahora en las escuelas
de los hispanos y de los afroamericanos.
De eso no hace mucho tiempo, apenas 60 años. Aún quedan muchos
estadounidenses blancos, de 55 años o más, que recuerdan y añoran
los privilegios que les concedía la segregación racial y son ellos
y sus hijos los que se oponen a la reforma migratoria y hacen hasta lo imposible
para perpetuarla, especialmente los superintendentes, administradores y padres
de familia de las escuelas públicas anglosajonas, que se reservan las
mejores instalaciones y los mejores maestros para los estudiantes blancos. Esos
defensores de la todavía subsistente segregación escolar que beneficia
a los estudiantes blancos, son los que se oponen a una amnistía amplia
y justa.
Queda claro pues, que el asunto racial es uno de los principales impedimentos
para que haya una reforma amplia, que incluya una amnistía. Pero también
queda por explorar el tema religioso. Mientras que la segregación racial
estaba hace 50 años vergonzosamente protegida por la ley, para privilegiar
a los blancos y discriminar a los negros y a los hispanos y asiáticos,
aún cuando había una constitución que prohibía la
esclavitud y la discriminación de todo tipo, la religión mayoritaria
de Estados Unidos cometía y sigue cometiendo silenciosamente sus propias
discriminaciones, sin que sea un tema que interese mucho a sociólogos,
jueces, ni periodistas.
La costa este de lo que hoy es Estados Unidos fue colonizada por europeos seguidores
de las doctrinas de Martín Lutero, que ya cumplían un siglo de
haber chocado escandalosamente con la iglesia católica de entonces, caracterizada
por su frivolidad mundana y que estaba asentada en Roma. El protestantismo que
nació en 1520 con la excomunión de Lutero, después de que
desconoció la infabilidad del papa y de la Iglesia Católica, cobró
fuerza durante la colonización del Nuevo Mundo, como sucedió también
con el catolicismo. La línea separatista que marcó Lutero dejó
rastros de odio que hasta ahora siguen derramando sangre entre los irlandeses
divididos por el cristianismo católico y el protestante.
Suena incómodo afirmar que las iglesias mayoritarias protestantes de
Estados Unidos discriminan y odian en silencio a las minorías católicas
de este país, pero así es, y no resulta arriesgado afirmar que
desde el corazón de los templos protestantes se irradia un poderoso recelo
que incita a sus devotos a que se opongan e impidan la legalización de
ocho o diez millones de católicos, que para colmo son de otro color de
piel, ni negro ni blanco.
Pero también es importante que los inmigrantes entiendan que con el cierre
del debate migratorio no está todo perdido y que, al igual que el año
pasado, las condiciones no son las ideales para que se apruebe una reforma adecuada,
no sólo para los indocumentados, sino también para que la asuman
los estadounidenses. Llegará el día en que los congresistas y
el pueblo de Estados Unidos entiendan, que el problema de la inmigración
no es un asunto estrictamente político, sino también y sobre todo
social. Por razones de seguridad, a las autoridades les conviene saber quién
es quién. Las industrias de la construcción, la agricultura y
los servicios como la limpieza, la hoteleria, los restaurantes, y el cuidado
de niños y enfermos, necesitan empleados para hacer los trabajos que
los estadounidenses desprecian. ¿Qué sería de este país
si todos los trabajadores indocumentados hicieran un paro laboral de una semana
para presionar por la legalización? Simplemente paralizarían la
economía y la actividad de la nación.
La reanudación del debate en el Congreso puede tardar dos semanas o dos
años. Mientras tanto, a los inmigrantes no les queda otro remedio que
seguir trabajando, pagando impuestos y organizándose pacíficamente,
para propiciar una verdadera amnistía cuando las condiciones sean más
propicias no sólo para ellos, sino también para los estadounidenses.
(Ruvalcaba es escritor y periodista mexicano, redactor de Telemundo 52 y
autor de los libros “Vida Crónica”, “La Mariposa Bailarina”
y “Los Novenarios”. Ha ejercido el periodismo en Los Angeles desde
la década de los 80).
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