
Facundo 'Sombra' y la intimidad de Fidel Castro (2)
Historia y ficción del poder en una novela de murmullo público, dos narradores y un intruso
La suposición aquí es especulación literaria y realidad objetiva al mismo tiempo; es lógica discursiva del sentimiento de la gente; es la fuerza fáctica del murmullo colectivo; y, por ende, es una impecable imaginación que sustenta la buena literatura de Las palabras y los muertos.
La especulación es lo que caracteriza a esta crónica íntima como una ficción bien imaginada, que se encuentra relacionada estrechamente con lo histórico y, de hecho, nos permite el mejor acercamiento a lo siempre sospechoso, hablado y nunca publicado. Podría decirse que es una novela umbral: entre la Historia y la ficción, por lo que los recuerdos fluyen basados en hechos secretos y/o públicos que, innegablemente, son acontecimientos ocurridos, pero que entonces descubren su interioridad, dejan sacar las esencias, mediante la aplicación de la imaginación literaria, especulativa, sugerente, incisiva. En este umbral, lo histórico a su vez se confunde con lo psicológico, con la emotividad, el sufrimiento, el odio, la simpatía; en fin, con la carga subjetiva que siempre está detrás de cualquier hecho, sea privado o no y lo hace creíble. En verdad, esta narración es y no es Historia, es y no es ficción.
La característica -bien conocida por todo el mundo- de que el dictador Castro haya estado rodeado siempre, en su vida política, social y familiar, de un contexto enigmático, lleno de cosas ocultas que no se corresponden con la transparencia que debe tener la proyección de una figura pública; que todo en él haya sido (y aún sea) "secreto de Estado"; esta característica, repito, es lo que le da derecho al autor -¡al mismo tiempo de ser la única posibilidad!, por el secretismo con que todo se mueve en Cuba- de usar la especulación y la sugerencia, dos categorías del recurso de la imaginación, del cual dispone el novelista en su postura crítica para desenredar el mundo y el submundo de un dictador carismático, con una expresividad teatral y, en general, una personalidad bien compleja.
El alto nivel de imaginación realista (porque toda esta ficción lo que hace es corroborar públicamente lo que siempre se ha sospechado y sabido entre bastidores), junto a un bien hilvanado tejido de hechos objetivos, de personajes (unos históricos, otros menos históricos, pero conocidos), de situaciones y luchas palaciegas, que son dominio del autor, hacen de esta novela un accionar intenso, lleno de sorprendentes revelaciones, y por su barroquismo psicológico de ideas cruzadas en el discurso de los dos narradores y el intruso, un material imprescindible para acercarnos en profundidad a la manera de ser y pensar del tirano -aún presente- más viejo y de mayor duración de la Historia.
Hay momentos que pertenecen específicamente al narrador explícito, y que pueden servir de pinceladas para ir dejando entrever una caracterización satánica de Castro, como cuando se narra en la página 54:
"-Yo tengo mi pacto con la muerte, monseñor -comenzó a
decir Fidel, pero
se detuvo en el cambio de expresión que anegó de una seriedad
hosca el
rostro de Pérez Serantes".
"-Cuidado con lo que dices, muchacho -le escuchó decir
al arzobispo-.
Quien pacta con la muerte no es hijo de Dios".
El narrador explícito se confunde a veces con las intrusiones del
autor, que vienen de la vox populi, como cuando se narra: "Ramiro no
se perdona que ella (se refiere a la difunta Vilma Espín, supuestamente
reconocida como primera dama del gobierno, casada con Raúl Castro)
lo haya dejado por un maricón que gusta de buscar marido entre
su guardia personal. Eso decían. Si era cierto o no, y otra vez volvía
a pensar en ello, Facundo no podía precisarlo. La única verdad
en todo aquello era que los muchachones de la guardia personal de Raúl
competían en porte
y figura con cualquiera de esos galanes que salían en las películas
americanas, aunque seguía sin entender tal empecinamiento por una
mujer, si es que existía:
Vilma, a sus ojos [los de Facundo], nada tenía que envidiarle a la
bruja de Blancanieves. Estaba arrugada, pecosa, vieja, a pesar de las cremas
caras y los trajes exclusivos que mandaba comprar, o se compraba ella misma
en sus cientos de viajes anuales al extranjero"(página 58).
Encontramos que, aun cuando son los ojos agrios de Facundo, se transparenta
asimismo la idea de un consenso crudamente crítico de la población
(y bien sabemos que cuando se trata del oculto discurrir popular, siempre
subversivo, las opiniones son muy descarnadas y no perdonan los traspiés
que da la figura pública en cuestión). Se denota entonces una
coincidencia entre el narrador implícito, el explícito y el
autor como representante de buena parte de esa opinión pública
(sabido es que a la opinión pública cubana sólo le queda
como recurso de supervivencia la triste defensa de la doble moral).
Aquí veremos otro retazo de texto como extrapolación que va
de la ficción al documento, y que al mismo tiempo puede ser una intrusión
más; algo que, en nombre del murmullo popular, el autor se da licencia
para intercalar en la novela. Y el mérito literario radica en que
esta intrusión se encuentra bien ligada a la lógica del discurso
de Facundo.
"Fidel lo miró, quedó como esperando a que él terminara
de responder y por eso agregó [Facundo] lo que en realidad pensaba:
'el día que
usted deje de pensar por ellos, Cuba se va a la mierda, Jefe, y perdone la
sinceridad'"(página 63).
Asimismo, en la página siguiente (64) se ratifica este sentido: "el
día que no esté, Jefe, este barco se va a la mierda, y disculpe
que siga pensando lo mismo".
Realmente, el ego de Castro (que conforma la parte más irónica
de la historia) funciona como un lei motive de la novela: "-No joda,
Jefe- soltó [Facundo] sin poder controlar el exabrupto-. Si usted
se muere, esto se va a la mierda. Cuídese y no enrede más la
pita"(página 95).
Como se ve, éste es uno de los fragmentos que se repiten en la novela,
y en realidad aun cuando lo dice Facundo, porque lo siente, claro (¡qué más
se le puede pedir!) viene además de ese correr y correr del comentario
clandestino, de esa conciencia colectiva que en este caso coincide con la
Sombra en creer que no hay otro que pueda sustituir a Castro como gente hábil
-diríamos- para mantenerse en el poder.
Si verdaderamente en un futuro esto sucediera -como es probable que suceda-
la novela ampliaría sus coordenadas realistas por esa tesis de que "La
Revolución Cubana termina con Fidel Castro"; lo que quizás
haga que algunos entonces la consideren como una novela de tesis. De hecho,
el libro podría ser visto, hasta cierto punto, como un documento sociológico
y político. Desde estas dos últimas perspectivas, muchas de
las cuestiones que están planteadas en Las palabras y los muertos,
por el camino de la ficción especulativa como recurso, si en un futuro
se comprobaran, digo, a esta novela le podría suceder algo parecido
al Facundo de Sarmiento, que ha sido clasificada en varios géneros,
incluyendo el de la novela, y pasó a trascender como documento histórico
y sociológico contra el tirano Rosas. Pero aquí se da la salvedad
de que la narración de Amir Valle obtendría valor como documento
sin perder sus cualidades novelísticas. (Sigue)
Gayol Mecías sobre Las Palabras y los Muertos-- 1, 2, 3, 4, 5

