
Facundo 'Sombra' y la intimidad de Fidel Castro
Historia y ficción del poder en una novela de murmullo público, dos narradores y un intruso
Las palabras y los muertos (Premio Internacional Mario Vargas Llosa, Universidad de Murcia, España, Seix Barral, 2007), del escritor cubano Amir Valle, trata sobre la muerte de Fidel Castro y los momentos en que el jefe de su escolta, Facundo, rememora una buena parte de la vida del dictador y de su propia existencia al lado de un hombre que lo embriaga y subyuga hasta tomar todo su pensamiento, su manera de ver las cosas, de sentirlas y hacer de su entorno el ombligo del mundo.
Las palabras y los muertos es, por tanto, una obra que se inserta dentro de la corriente de la llamada novela del dictador, pero con la particularidad de que este dictador -convaleciente de su secreta enfermedad y con supuestos signos de estar mejorando, según recalcan sus voceros, escritos y alguna que otra comparecencia pública- pertenece a nuestro tiempo, a nuestro momento bien actual; por lo que la novela habla del ahora, del presente histórico de los cubanos, a diferencia de las anteriores novelas conocidas que siempre abordaron la vida de un tirano, si no de ficción como El recurso del método, de Alejo Carpentier, o El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez (aunque ambos tomados de experiencias muy reales), sí de figuras de carne y hueso que son Historia siempre vigentes, como las novelas de Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos, o La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, entre tantas.
En este sentido de la Historia (con mayúscula para distinguirla de la "historia" narrativa), con esa diferencia del pasado y del presente, la novela de Amir Valle afronta el riesgo de no esperar a que pase el tiempo para trabajar con criterios ya establecidos por la crítica, y se aventura en señalar, desde una ficción basada en la Historia actual, las opiniones y consideraciones que vienen de la conciencia popular, de lo que cada familia y cada persona comenta en sus casas, entre sus más allegados. Así, los comentarios que pululan en el pueblo entran en esta novela por el prodigio de la imaginación, dado por el recurso de una intrusión colectiva que, mientras especula literariamente, va asentando que la intimidad del poder es de esta manera y no de esa otra que decreta el decir oficial. Y esto es un acierto de Las palabras..., cuando establece sus propios vectores de una "realidad histórica" y los desarrolla en un tiempo presente con los criterios del murmullo popular.
Aquí la ficción novelística se hace instrumento de conocimiento y de corroboración para un personaje histórico concreto (figura pública, el "líder") mediante otro personaje que, según el mismo autor, "existe, aunque con otro nombre", y crea, por tanto, la posibilidad de acercarse más al documento histórico novelado:
"Es alguien a quien conozco muy de cerca y muchas de las palabras y frases que he puesto en su boca se la escuché decir en nuestros encuentros. Alguna vez le escuché decir que Facundo era uno de sus muchos nombres clandestinos. Para un lector ávido de averiguar la verdad será bien fácil encontrar la identidad si lee a fondo la novela y se dedica a mirar a esos seres que rodean a Fidel, como sombras. Él está allí, siempre a su lado, con esos mismos ojillos que le pinto en la novela, con esa misma rabiosa fidelidad, con ese fanatismo de quien mira a un dios de cerca. Nada tiene que ver con muchos de esos que estuvieron protegiendo a Fidel y ahora cuentan desde el exilio anécdotas muy parecidas a las que pueden leerse en 'Las palabras y los muertos'. Facundo jamás traicionará, bien lo sé, porque ni siquiera tiene la inteligencia de entender que un ser humano puede equivocarse. No pasé ningún trabajo para escribir la vida íntima de Facundo, y a través de él los momentos que desconocemos en la vida de Fidel Castro, porque sencillamente estaba ahí, al alcance de mi mano, desde mucho antes de yo saber que escribiría el primero de mis libros (fragmento tomado de la entrevista que el autor le concedió a La Opinión digital, publicada el 7 de octubre de 2007)
Facundo así es un personaje también concreto,
muy real, pero por su fanatismo a veces puede dar la imagen de haber sido
inventado. Sin embargo, no lo es; la propia confesión del autor nos
hace deducir cuán compleja es la realidad objetiva, que tiene circunstancias
en que compite con la ficción. Para los que no conocen la verdadera
y esencial realidad de la isla, puedo asegurarles que estos personajes son
factibles concretamente, por el hecho -y esto se sabe bien en Cuba- de que
los que articularon (y después degeneraron) la Revolución (el
Jefe et al) posibilitaron los mecanismos de seguridad, y militares, para
la creación de estos personajes facundones, para que crecieran con
la idea de Castro metida en los tuétanos (recuerden que además
de los jóvenes del Grupo de Apoyo al Comandante, están sus
escoltas, y también muchos que han sido bien adoctrinados desde que
fueron párvulos "pioneros") no sólo con el sagrado
deber de cuidarlo de la manera más obsesiva y precisa posible, en
el caso de los preparados para ser escoltas, digo, sino también como
apéndices que pudieran alimentar su ego. Entre un sinnúmero
de éstos ya adultos siempre existe uno de ellos que dirige a los demás
escoltas y será el más apegado y el más confiable entre
los confiables; al extremo de que se fusiona tanto a la existencia del Jefe
que, de hecho, se convierte en su sombra. Este concreto guardaespaldas, personalizado
por su discurrir psicológico, será el recurso literario que
facilitará el camino de indagación en la misteriosa (hermética,
digamos) intimidad de un dictador que siempre ha tratado de no permitir una
grieta que conduzca hacia el conocimiento de su soledad. Facundo es, por
tanto, la sombra -como lo ha querido orgullosamente él mismo-, que
ya sin su cuerpo (la novela comienza con la noticia de que "Fidel ha
muerto"), se abre a un narrador dual que -por la magia de la imaginación
literaria-, en un caso del narrador implícito (el discurso pensante
de Facundo), logra penetrar en el pensamiento y los recuerdos del dictador.
Y, por otro lado, un narrador explícito (semiomnisciente, porque narra
desde afuera hablando de Facundo y penetra su intimidad) guiando al lector
en cuanto a los personajes y los hechos. Pero también un narrador
explícito que en muchos momentos se convierte en vox populi y alcanza
a develar lo que la gente sabe por suposición y, que al mismo tiempo,
es ya verdad popular, de las muchas cosas que rodeaban y rodean al Jefe.
De modo que este narrador explícito facilita las intrusiones del autor
que se hace eco de esa suposición popular. (Sigue)
Gayol Mecías sobre Las Palabras y los Muertos-- 1, 2, 3, 4, 5

