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Por ADOLFO RIVERO CARO (Abogado, traductor, ensayista,
uno de los fundadores del movimiento de derechos humanos en
Cuba. Tiene un sitio en Internet llamado "En Defensa del
Neoliberalismo" -www.neoliberalismo.com -. Actualmente
reside en Miami y es columnista de El Nuevo
Herald). El II Congreso de la Internacional Comunista (la Tercera Internacional) reunido en Moscú en 1920 dedicó buena parte de sus deliberaciones a convertir las teorías de Hilferding-Lenin en guías prácticas para la acción revolucionaria en lo que hoy se llama el Tercer Mundo. Según esas tesis las supuestas relaciones de igualdad entre naciones soberanas ocultan la esclavitud de la gran mayoría de la población mundial a manos de una minoría insignificante: la burguesía y la "aristocracia obrera" de los países capitalistas avanzados. Sin la destrucción del capitalismo a escala mundial, sería imposible abolir esa opresión y esas desigualdades entre las distintas zonas del globo. Ahora bien, de ahora en adelante, la evolución política del mundo y la historia van a girar en torno a la lucha de los países capitalistas avanzados (imperialistas) contra el poder revolucionario soviético el cual, para sobrevivir y vencer, deberá agrupar en torno a él a todas las vanguardias proletarias y además a todos los movimientos nacionalistas de los territorios coloniales y dependientes, convenciéndolos de que sus intereses coinciden con la preservación y promoción del poder soviético, y con el progreso y eventual triunfo de la revolución mundial. Estas reflexiones, por supuesto, no eran más que un consuelo teórico ante el fracaso de la tesis de la revolución proletaria mundial porque, pese a todas las esperanzas, la revolución había fracasado en Alemania y ni siquiera la fuerza de las armas había podido imponerla en Polonia. Ante la frustración en el Occidente desarrollado, los PC deberán realizar una política "de estrecha unidad con todos los movimientos de liberación nacional, determinando en cada caso la forma de esa alianza, según el estadio de desarrollo que tenga el movimiento comunista (en cada colonia o país dependiente) y el estadio de desarrollo del correspondiente movimiento de liberación nacional. Será preciso explicar constantemente que sólo el triunfo mundial del poder soviético podrá resultar en una verdadera igualdad de las naciones. Será preciso apoyar todos los movimientos disidentes (dondequiera que aparezcan) tales como el nacionalismo irlandés, las reivindicaciones de los negros norteamericanos, etcétera. Sin el control de esos mercados y campos de explotación, el capitalismo no podrá mantenerse. Los superbeneficios derivados de las colonias (y de los países dependientes) son el soporte principal del capitalismo moderno, mientras no privemos al capitalismo de esa fuente de ingresos, no será fácil para el proletariado de los países capitalistas avanzados destruir el orden capitalista". La enorme importancia de estas tesis es que se convirtieron en la Gran Explicación del atraso de América Latina en relación con Estados Unidos. Ese problema, siempre latente, había recibido un intento de respuesta en el famoso libro Ariel de José Enrique Rodó (1900), en el que se contraponía la civilización "materialista" de Norteamérica con la elevada "espiritualidad" de América Latina. La pseudo explicación marxista, sin embargo, resultaba mucho más satisfactoria intelectualmente. Su influencia se ha extendido hasta nuestros días convertida en la "teoría de la dependencia", posición oficial de la CEPAL durante las últimas décadas. Según ésta, el subdesarrollo es una consecuencia del sistema económico mundial en que los países industrializados del "Centro Hegemónico" explotan a los países subdesarrollados de la "Periferia" a través de la monopolización de la producción de bienes industriales "sobrevalorados" por compañías transnacionales que obligan a la Periferia a producir productos primarios "subvalorados", drenándolos de recursos. Obviamente, hay que evitar las inversiones extranjeras, el vampiro que nos chupa "las venas abiertas de América Latina". La similitud con las tesis de la Comintern de 1920 es evidente. La Gran Guerra tuvo varias consecuencias importantes: fortaleció la ancestral tendencia a concentrar poderes en el gobierno; provocó una revolución de las expectativas en las principales naciones de Occidente, fortaleció considerablemente las tendencias anticapitalistas que, hasta entonces, se habían mantenido prácticamente informes. Entre los intelectuales, se popularizó la idea de que el capitalismo había originado esa guerra terrible. Las guerras, por supuesto, habían existido siempre. Lo nuevo era el desarrollo tecnológico traído por la revolución industrial que, aplicado a la guerra, había llevado a ésta a niveles de destrucción sin precedentes. En América Latina estas influencias ideológicas no hicieron más que fortalecer el rechazo a nuestro incipiente capitalismo entre los intelectuales así como fortalecer el ancestral sentimiento de dependencia de la Corona típico del imperio español, trasmutado ahora en dependencia del gobierno, al que se ve como agente potencial de ingeniería social. LOS RUGIENTES VEINTE Para ir a la portada de "Cuba 100 Años Después" Para ir a la portada de CONTACTO Magazine
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