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Editorial
Más Allá de George W. Bush,
en el Séptimo
Aniversario de los Ataques Terroristas
Hace siete años, tres aviones secuestrados por comandos terroristas
fueron estrellados contra las torres gemelas del World Trade Center
de Nueva York y el edificio del Pentágono en Washington D.C.
Un cuarto avión que fue desviado de su ruta y aparentemente
rescatado por los propios pasajeros, finalmente cayó en
Pensilvania. Alrededor de tres mil personas murieron el 11 de septiembre
de 2001.
Aún están frescas en la memoria las imágenes de víctimas desesperadas
lanzándose de los pisos más altos de las torres gemelas, para no
morir atrapadas por las llamas, y por último el derrumbe estremecedor
del mayor símbolo de poder económico del mundo.
Desde entonces, Estados Unidos ha desarrollado dos guerras en medio
de la campaña internacional contra el terrorismo. Una de ellas
fue en 2002 contra el régimen fundamentalista del grupo Talibán
que gobernaba Afganistán, por haber dado refugio en su territorio
a la organización terrorista Al-Qaeda, que reivindicó
los ataques del 11 de septiembre y había realizado por lo menos
otros tres atentados desde 1993 contra intereses de Estados Unidos.
La otra es la controversial guerra de Irak, todavía en marcha
contra los grupos insurgentes que surgieron después
del derrocamiento del régimen de Saddam Hussein, en marzo
de 2003, y terroristas de diversas nacionalidades que ingresaron
a ese país a partir de la ocupación, pertenecientes a Al-Qaeda.
Afganistán, que había estado
bajo control, parece ser actualmente el nuevo objetivo de Al-Qaeda
y otros grupos fundamentalistas, tras su fracaso en Irak luego del
aumento de tropas norteamericanas allí.
También desde entonces el presidente George W. Bush se reeligió
en 2004 y los republicanos mantuvieron su mayoría en las dos cámaras
del Congreso, hasta que perdieron esa hegemonía en noviembre
de 2006. En este período,
Bush ha visto descender su popularidad a niveles récord de
aproximadamente 30 por ciento. El Congreso está peor, con
apenas 14 por ciento en una encuesta realizada por la firma Gallup
en julio de 2008, el peor nivel de aprobación en los últimos
34 años.
Los críticos de Bush lo acusan de haber ido a una guerra
innecesaria en Irak, en busca de armas químicas que nunca
aparecieron. También lo acusan de haber tomado medidas contra
prisioneros extranjeros, que dañaron profundamente la
solidaridad y la imagen que Estados Unidos había obtenido
después
de los ataques terroristas.
Como tiro de gracia, le atribuyen la muerte de tres mil soldados
norteamericanos en Irak mientras
que Osama Bin Laden sigue prófugo
y la estructura operativa de Al-Qaeda se mantiene activa. Algunos
críticos dicen que con los miles de millones de dólares que
Bush ha gastado en Irak, ellos habrían
sobornado a medio mundo para capturar a Bin Laden, y lo habrían
atrapado ya.
También en estos siete años, grupos fundamentalistas
islámicos afines a Al-Qaeda han realizado mortales atentados,
sobre todo en Londres y Madrid, y diariamente dentro de Irak y
Afganistán. Además,
han nacido nuevas amenazas de tipo nuclear de parte de Irán
y Corea del Norte, y una latente confrontación con Rusia, luego
de su invasión a Georgia en agosto de 2008.
Este séptimo aniversario de los atentado de 2001 se conmemora
en el fragor de una fascinante campaña electoral, que colocará al
sustituto de Bush, sea el republicano John McCain o el demócrata
Barack Obama, en la Casa Blanca, en enero próximo. También
se rinde homenaje a las víctimas de los ataques en medio
de una debilitada economía,
debido a una crisis energética y a una crisis inmobiliaria
que han afectado seriamente al consumidor estadounidense,
cuyo poder adquisitivo representa casi el 20 por ciento de
la economía mundial.
Más
Allá del Partidismo
La realidad es que la guerra de Irak y la necesidad de asestar un
duro golpe al terrorismo internacional, a cualquier precio, se
convirtieron en obsesiones para Bush. A su vez, Bush se ha convertido
en una obsesión para sus enemigos políticos, inclusive
para aquéllos que operan dentro de esquemas democráticos.
Por otra parte, este debate legítimo sobre el presidente ha servido
de aliento a los grupos anticapitalistas, enemigos de Estados Unidos,
que habían
perdido las esperanzas de promover su agenda política tras
el derrumbe del Muro de Berlín y la desintegración
de la Unión Soviética, hace 19 años.
Mientras tanto, parece ser que muchos círculos han perdido
de vista que el terrorismo de los grupos fundamentalistas islámicos,
ese terrorismo incansable, fanático, dirigido sistemática
y deliberadamente hacia civiles inocentes, es muy anterior a la vida
política de George W. Bush, y seguramente se mantendrá
vivo mucho tiempo después de la salida de Bush del escenario
de poder. El 26 de febrero de 1993, el presidente Bill Clinton había
estado en la Casa Blanca muy pocos días con su nueva política
de paz y armonía mundial, inclusive para el Medio Oriente,
cuando estalló la primera bomba en el World Trade Center de
Nueva York. Seis personas murieron y más de mil resultaron
heridas. El 7 de agosto de 1998, esa política de Clinton ya
era una realidad palpable, cuando estallaron las bombas en las embajadas
norteamericanas en Kenia y Tanzania, provocando la muerte de 257 personas
y heridas a otras cuatro mil. El 12 de octubre de 2000, a sólo
días de las elecciones presidenciales de ese año, se
produjo el ataque al barco de guerra de Estados Unidos USS Cole, en
Yemén, con saldo de 19 marinos muertos y 39 heridos. Todos
estos ataques fueron hechos por Al-Qaeda, sin que a Osama Bin Laden
le importara en los más mínimo la política de
conciliación y paz para el Medio Oriente del presidente Bill
Clinton.
Muchos identifican el apoyo de Estados Unidos a Israel durante 60
años, como el punto de discordia que provoca el frenesí
de los radicales islámicos. La realidad es que si ese apoyo
no hubiese existido, ya habríamos sido testigos de un segundo
holocausto judío. Las palabras del febril presidente iraní
Mahmoud Ahmadinejad en el sentido de que Israel deber ser borrado
de la faz de la Tierra, así como los objetivos históricos
en este sentido de los grupos Jihad Islámica Palestina,
Hezbolah, Al-Jihad, Abu Nidal y Hamas, entre otros, no dejan duda
alguna acerca del tema del segundo holocausto. Al día siguiente
de su constitución como estado por mandato de
Naciones Unidas, en mayo de 1948 , Israel fue invadido por cinco
naciones
árabes. Así empezó la
discordia moderna árabe-israelí.
Tanto Estados Unidos como sus críticos deben entender, como
mínimo,
que el terrorismo de los grupos radicales islámicos, ese
terrorismo cruel, frío e irracional, ha decidido ser enemigo
de cualquier inquilino de la Casa Blanca, no sólo de George
W. Bush.
A partir de enero de 2009, corresponderá a John McCain o a Barack
Obama enfrentarse a este problema, como lo hicieron antes Clinton
y Bush.
Por tanto, en memoria de las víctimas del 11 de septiembre,
de las de Madrid, de las de Londres y de las de Irak, así como
de otras muchas, se requiere una estrategia más efectiva de la
guerra global contra el terrorismo, antes de que sea demasiado tarde.
Porque aquéllos
que matan a palos a sus mujeres y engañan
a sus niños para que se suiciden asesinando al enemigo, aquéllos
que mueren para causar daño a inocentes desconocidos, y encima
de ello creen que eso los colocará junto a Alá, rodeados
de vírgenes, están a la vuelta de la esquina con
su metralla a flor de piel, a la caza de nuevas víctimas.
Clinton, Gore, Bush, Kerry, McCain, Obama y cualquier
otro, no son la razón
de sus actos. Ni la paz en el Medio Oriente es su meta.
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de los ataques terroristas
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