Cuba: Una Historia de Trabajos Forzados
El tren escapaba a toda velocidad de La Habana como si pretendiese ocultar
su carga, protegido por la oscuridad de la noche. Había tomado su masa
humana, joven, en medio de los gritos de madres angustiadas y sueños
despedazados. Era el 26 de mayo de 1969.
Alrededor de dos mil jóvenes habaneros habían sido citados,
por la tarde, en el Estadio Latinoamericano de La Habana para cumplir sus
obligaciones con el Servicio Militar Obligatorio, durante tres años.
Pero los rostros conocidos y los antecedentes de la mayoría, presagiaban
que no se trataba exactamente de una misión militar. Las edades oscilaban
entre los 17 y los 25 años.
Cuando amaneció ya estábamos a más de 300 kilómetros
de la capital. Un paisaje campestre, con albergues construidos a retazos y
literas con sacos de yute en lugar de colchones, se convirtió en el
primer campo de entrenamiento. A las pocas horas estalló la primera
rebelión. Los custodios militares dispararon al aire. Alguien había
incendiado un albergue en señal de protesta.
En cuestión de horas nos trasladaron al campo de entrenamiento que
sería definitivo durante los primeros 45 días. Eran dos campamentos
a un kilómetro de distancia uno del otro. La civilización más
cercana era un granja situada a seis kilómetros, el poblado menos alejado
se llamaba Vueltas, en la provincia de Las Villas, y estaba a 20 kilómetros.
Un campamento se llamaba La Esperanza, especie de burla, y el otro Fernando
Poo, nombre mucho más preciso para la ocasión. Supimos que habían
sido campamentos para prisioneros políticos, muy poco tiempo atrás.
Los mosquitos "coracíes", capaces de matar vacas según
los guardias, eran los dueños de la noche.
Una semana después, nuestros padres no sabían exactamente dónde
estábamos.
Nos conocimos. Había testigos de Jehová, adventistas del séptimo
día, bautistas, seminaristas católicos, santeros, homosexuales
y jóvenes cuyos padres habían intentado sacarlos del país
infructuosamente. Tal vez para colorear un poco el ambiente, había
dos sordos, dos locos y un número notable de asmáticos a los
que los guardias les recordaban que el Che Guevara también había
sido asmático.
Aun los que apenas habíamos cumplido 17 años, entendimos muy
pronto que se trataba de nuestra primera experiencia familiar fuera de la
familia. Había que protegerse unos a otros, había que fingirse
enfermos, había que soñar con que el tiempo pasaría y
los tres años volarían, aunque lo hiciesen como oscuras golondrinas.
Vestidos con un caricaturesco uniforme verde olivo, hecho también
de saco de yute y teñido con pereza, los reclutas se sometieron al
entrenamiento con fusiles de madera. Las órdenes eran severas. Casi
todo el tiempo tenían que lanzarse al suelo, siempre mojado por la
lluvia del verano e infestado de mierda de vaca. Las lluvias fueron tan
implacables que los tractores que trasladaban las carretas con el agua hasta
Fernando Poo no podían
hacer el camino. Se sustituyeron los tractores por bueyes, pero el lodo era
tan voluminoso que los bueyes tampoco pudieron llegar. Había que
caminar el kilómetro hasta La Esperanza con calderas en la cabeza
para tomar allí el agua necesaria. La austeridad no se hizo esperar.
Prohibido el baño y sólo un vaso de agua en el almuerzo y
otro en la comida. La dieta era la misma en ambas ocasiones, un pedazo de
bacalao hervido y una ración de potaje de chícharos.
Alrededor del camino había dos zanjas por donde corría el agua
dejada por la lluvia. Un agua mezclada con lodo, orine y mugre de toda índole.
En aquellas zanjas, el "hombre nuevo" del Che Guevara, ahora reclutado,
sació su sed una y otra vez, para no ser consumido por la voracidad
del verano tropical cubano.
Sólo nos consolaba la burla juvenil que seguía a la ignorancia
de los guardias. Algunos reclutas los convencían de que debían
ir al médico porque tenían un logaritmo en una uña, otros
requerían de un galeno para curar una raíz cuadrada en la columna
vertebral. Mientras tanto, el Apollo XI llegaba a la Luna, y un recluta escuchaba
la noticia en un radio de baterías, noticia que oyó al sintonizar
una transmisión de La Voz de América, prohibida en
Cuba. Fue sorprendido por un guardia, pero a sabiendas de que el militar "revolucionario"
no tenía idea de la prohibición de escuchar aquella emisora
del gobierno de Estados Unidos, le comunicó la noticia. El guardia,
ni corto ni perezoso, le dijo: "No comas mierda, chico, tú no
sabes lo mentirosos que son los americanos".
Casi dos meses después concluyó el entrenamiento, inservible
por cierto. Los 500 reclutas de aquel campo, fueron llevados a la capital
provincial, Santa Clara, en cuyo aeropuerto militar subieron a unos aviones
sin asientos y fueron trasladados a la tristemente célebre Isla de
Pinos, al sur de La Habana. La misión militar: trabajos forzados
en las canteras de mármol de Nueva Gerona, la capital de la isla,
justo al frente del ultrajante Presidio Modelo, ya desmantelado como cárcel
de miles de prisioneros políticos, que en abril de 1961, durante la invasión
de Bahía de Cochinos, corrieron el riesgo de volar en pedazos. Los soldados
que los custodiaban dinamitaron los cimientos de las torres circulares
donde estaban las celdas, para hacerlos estallar en caso de intentos de
rescate o de fuga. Permanecieron en aquella situación hasta después de
la crisis de los misiles de octubre de 1962.
Sabíamos que otros cubanos la habían pasado mucho peor allí,
como verdaderos prisioneros políticos.
Lo que no sabíamos era que algunos del grupo serían igualmente
prisioneros políticos años después, o disidentes
famosos como Oswaldo Payá Sardiñas, líder del Movimiento Cristiano Liberación
hoy día, dentro de Cuba, todavía bajo el acoso de la Seguridad del Estado.
El estaba allí con nosotros. Mucho menos nos imaginábamos entonces que
cuatro décadas
más
tarde todavía
habría
jóvenes
cubanos destinados a hacer trabajos forzados, ni que las libertades fundamentales
aun estarían conculcadas, y ni por asomo pasó por nuestra mente que Fidel
Castro sobreviviría al paso del siglo XX al siglo XXI. Si alguien
nos hubiese dicho en aquel momento que la ultrapoderosa Unión Soviética renunciaría
voluntariamente al comunismo y se desintegraría como nación, habríamos
pensado que ese alguien alucinaba por los efectos de nuestras pesadillas
cotidianas, diurnas y nocturnas, y por el polvo de mármol que nos castigaba
como una suerte de tierra maldita dentro y fuera de la piel, una tierra
maldita que cuatro décadas después permanece ahí como un fantasma que
nos obliga a recordar la importancia suprema de la libertad.
(Hernández Cuéllar es director y editor jefe de
Contacto Magazine, revista latinoamericana que fundó el 1 de julio de 1994
en Los Angeles, California. Ha trabajado como periodista para la agencia
española
EFE, el diario La Opinión de Los Angeles, la cadena de televisión
Telemundo y otros medios. Enseñó periodismo en la Universidad
de California en Los Angeles, UCLA, entre 1991 y 1993)

